A SOLAS CON “CARUCHA”

Argentina ganó y fue campeón del mundo juvenil por primera vez. Entre anécdotas y recuerdos, Carucha se queda con un episodio extrañamento bello: “Ganando 4 a 3 y quedando un minuto sale un contragolpe, agarró la pelota por el medio y cuando voy a hacer el pase levanto la cabeza y se la doy a lucho (González)”. Hasta ahí todo perfecto, pero “viene un paraguayo rapidísimo y me da un golpe de puño en la cara, yo caigo al suelo y desde ahí siento el grito de gol. Levanto la cabeza y el tablero marcaba 5 a 3. Ya éramos campeones”.
“Fue uno de los momentos más lindos que me tocó vivir”, nos cuenta sin pudor alguno. “Lo de ser elegido como mejor jugador del torneo fue la frutilla del postre. No me lo esperaba y realmente fue una alegría doble”. Es que vestir la celeste y blanca es algo distinto: “es algo increíble poder defender la camiseta argentina durante cuarenta minutos en un mundial o en un partido de preparación”. Él, como todos, desde chico soñó con vestir la camiseta de nuestro país y poder cantar el himno: “No hay momento más único que cuando se canta el himno antes del partido, es un momento que le desearía a todos”.
SU IDA A ITALIA

Carucha no está solo en Italia. Ahora comparte “squadra” con Lucho González, otro mendocino: “Convivo con Lucho, que llegó como refuerzo para jugar la segunda mitad del campeonato y con el que somos amigos desde chicos”. Los extranjeros son ley en Sammichele: “Está lleno de extranjeros: hay cinco brasileros, un polaco, un portugués, dos españoles (con los que también viven) y nosotros”. “Se extrañan la familia y los amigos pero hemos hecho un grupo muy lindo y eso ayuda”. Grasso tiene muy en claro que “por más que se extrañe “hay que hacerse fuerte y seguirle metiendo porque esto es así”. Además, Renzo agrega un plus que lo ayuda día a día: “La gente de Sammichele nos ha agarrado mucho cariño. Está muy apegada al equipo y todos los sábados el estadio está lleno”, asevera y concluye: “Es el equipo del pueblo”.

SU PADRE, REFERENTE

A la hora de hablar de referentes, Renzo es concreto: “No tengo uno en especial, siempre intenté capturar cosas de los jugadores más grandes”. Así, nos dice que “del chelo Mescolatti veía la calma que tenía, que nunca perdía la cabeza, de Nahuel Parada el tipo de pase que tenía, entre otros”. Pero el verdadero “consigliere” fue su padre: “el que más me dio una mano fue mi papá, siempre estaba afuera de la cancha y me corregía los errores, sobre todo cuando se me iba la mano hablando y ese tipo de cosas”.

VICTORIA EN CHILE

“Es un sentimiento inexplicable”, dice sin dudar cuando se le pregunta por lo acontecido en Chile. “La primera alegría que tuvimos fue la de las eliminatorias, que fuimos a jugar a Paraguay”. Afirma que “fue ahí que nos dimos cuenta que estábamos para grandes cosas”. Y como para no: Argentina derrotó en la final a los locales y se coronó campeón: “en ese partido además del buen juego dejamos todo en la cancha”. Lo pienso yo y lo pensamos todos en su momento pero él lo sintetiza: “ese fue el puntapié para darnos cuenta que el mundial podía ser nuestro”. Gracias a esa obtención de la corona, “viajamos a Chile con otra cabeza, confiando en nosotros”. Simplemente, “fuimos a ganar el mundial”. Pero no fue fácil: “nos tocó jugar de visitante durante todo el torneo” y más aún en la semifinal.

“En la semi con Chile en la cancha no cabía un alfiler”. Un contorno hostil amenazaba al combinado argentino: “En el momento del himno nos silbaron y no pudimos ni siquiera escucharlo”. Pero ellos contaban con un extra que les facilitaba todo: “una de las claves del torneo fue el trabajo de Martín Cusa –el segundo entrenador– que se dedicó a ver los partidos de los rivales que teníamos y después los estudiábamos antes de cada partido”. Esa fue la clave para Renzo: “Gracias a eso pudimos controlar los partidos, vimos las falencias de Chile y por donde le podíamos entrar”, y luego cumplieron a la perfección con lo estipulado en la previa: “a los diez minutos ya llevábamos tres goles de ventaja”. Fue victoria nomas y que venga la revancha con Paraguay. “La final era otra cosa. Los paraguayos eran todos jugadores profesionales”. Ellos tenían sed de revancha y, además, los locales apoyaban al rival de turno. Sin embargo, los nuestros no se achicaron: “supimos afrontarlo y aplicamos una metodología de juego que a ellos los complicó”.

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